Cicerón/ Textos - y 3

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TRATADOS

De res publica
   
      ...  Sólo quiero decir que el género humano tiene por naturaleza tanto instinto de fortaleza, y recibió tan gran apetencia de defender el bien común, que esta virtud del valor ha superado siempre todos los halagos del ocio gustoso...
      ... Ningún caso hemos de hacer, ciertamente, de aquellos subterfugios que se alegan como excusa para disfrutar mejor del ocio, cuando dicen que sólo pueden acceder a la política personas que no valen para nada, con las que es cosa ruin el alternar, y desgraciado y arriesgado el enfrentarse, sobre todo ante una muchedumbre enardecida; por lo cual, no sería digno de un sabio tomar las riendas cuando no es posible frenar los arrebatos locos y salvajes de la masa, ni propio de un hombre libre luchar contra adversarios sin escrúpulos ni humanidad, o exponerse a injurias indignas de un sabio: como si para dedicarse a la política las personas honestas, firmes y de gran valor, no hubiera causa más justa que la de no someterse a los malvados y no soportar que estos arruinen la república, porque si ellos mismos quisieran poner remedio, tampoco lo podrían conseguir.
      En fin, ¿quién podría aprobar la afirmación de que el sabio no debe tomar parte alguna en la política, salvo que le obligue a ello el apremio del momento?...


De amicitia
Condena de la adulación

      Pero, no sé por qué, resulta verdad lo que dice, en su Andria, mi amigo Terencio: "La condescendencia engendra amigos; la franqueza, odio". Duele la franqueza, porque de ella nace el odio, veneno de la amistad. Pero mucho más duele la condescendencia cuando, indulgente con las faltas, deja caer al amigo en el abismo del mal. Y lo peor de todo es menospreciar la franqueza y empujar a la culpa con la condescendencia.
      Por lo tanto, en todo este asunto hay que procurar, con suma diligencia, amonestar sin acritud, y reprender sin ofensa. En cuanto a la condescendencia -empleo gustosamente la palabra de Terencio-, que haya amabilidad, pero que se aleje la adulación, promotora de vicios, e indigna, no ya de un amigo, sino simplemente de un hombre libre. Pues de una forma se convive con un tirano, y de otra con un amigo.
      Ahora bien, quien cierra sus oídos a la verdad, de forma que no quiera oírla ni de un amigo, ese no tiene remedio. Ya lo dijo Catón felizmente: "Algunos sacan más provecho de los enemigos agrios que de los amigos dulces. Aquellos dicen la verdad con frecuencia. Estos, nunca". Lo absurdo es que los que son amonestados se molestan de lo que no deben, y no se molestan de lo que deben molestarse. Porque no sienten haber faltado, y sienten ser corregidos; debiendo ser al revés, dolerse de la falta, y gozarse de la corrección.

Nueva llamada a la sinceridad

       Así pues, es propio de la verdadera amistad amonestar y ser amonestado, haciendo lo primero con franqueza pero sin acritud, y recibiendo lo segundo con paciencia y sin protestar.
      Igualmente hay que admitir que, en las amistades, no puede haber plaga peor que la adulación, el servilismo y la condescendencia. Pues, por muchos nombres con que se presente, hay que condenar este vicio de hombres frívolos y falsos, que siempre hablan por agradar, y nunca para decir la verdad.

Traducción de Álvaro d'Ors y José Mª Fornell Lombardo

¿Volver a Cicerón? ¿Distracción de eruditos sabáticos? ¿Visita al museo de las venerables reliquias romanas? Ya sabemos que leer es actualizar. Todo lo que leemos se nos vuelve fatalmente contemporáneo. Si esa contemporaneidad no se produce, tampoco hay lectura sino mera consulta de documentos arqueológicos. Cicerón, que se nos adelantó unos dos mil años y en una lengua cuyos dialectos siguen prosperando entre nosotros, cobra una inesperada actualidad...
      ... Él también habitó unos finales parecidos. Sabía que le tocaba compartir los últimos tiempos de la república, aunque ignorase que, alguna vez, sus años se contarían en disminución, a la espera de unos Tiempos Nuevos, de cuenta progresiva, capaces de creerse modernos.
      Veo al viejo orador sonriendo con ironía. Quizá se diga, desde la inmovilidad de su Olimpo: "¿Hablan de modernidad esos que me leen con dos mil años de retraso? ¿Cuánto se han modernizado?".
     Él venía de sangrientas guerras civiles, guerras en las que se jugaba el todo por el todo y se enarbolaban promesas de redención. De ellas surgieron un ejército y un derecho que se querían imperiales, universales. Nosotros también venimos de guerras arrasadoras y de puestas en escena de ideologías que intentaron cambiar el mundo de raíz. Un escepticismo ecléptico ha quedado de su quiebra y también, la promesa de incesantes renacimientos redentores. En esto nos parecemos y Cicerón tiene algo que decirnos. Asimismo, nuestros tiempos asisten al intento de hacer del mundo algo universal, donde coexistan diversidades...
      ... Pero hoy también existen patriarcas del pensamiento y libertarios de cátedra que consideran con santo horror al político. No a tal o cual dirigente, sino a la profesión entera. A los políticos que gobiernan, por contra, suelen pedirles canonjías.

      Cicerón, al revés, hizo el elogio de la política, no tan sólo como trabajo (siempre tan bien visto por los antiguos romanos: usar y servirse de las cosas) sino en tanto lo que podríamos llamar "la condición política del hombre"... Es decir: el hombre es siempre político porque vive, en sentido humano, cuando convive, cuando actúa en función de una sociedad que puede estar ausente de su percepción pero que habita su intimidad: la ciudad está construida en el corazón del ser humano y es el punto de partida de su moralidad. Lo que hacemos de bueno o de malo es lo que está sometido al juicio de los demás, lo que existe en el orden de lo político...
      ... Llegamos ahora a la noción medular de Cicerón en materia política, la noción de república. No como forma particular de gobierno, sino como la categoría de 'la cosa pública'. La res publica ciceroniana es todo lo que pertenece al pueblo. Y aquí vuelve Cicerón a resultar moderno, porque su concepto de pueblo no se confunde con un sector social bajo, según podía entenderse en el lenguaje corriente de la Roma coetánea, ni tampoco puede asimilarse a la idea romántica de Volk, una entidad orgánica y mística a la vez. El pueblo ciceroniano no es un montón de gente, ni una raza, ni un conjunto amorfo al cual da perfil la intervención de un elemento sobrenatural, sino una multitud policlasista que se somete y al tiempo se reconoce en un orden jurídico, un sistema de reglas de convivencia que rige a todos por igual. Quiero decir: que rige por igual a los desiguales, ya que no todos tienen la misma riqueza ni pareja inteligencia...
      ... Nuestra época ha sustituido el saber por el conocimiento y este se acumula mecánicamente en las memorias de los ordenadores: es conocimiento de nadie... BLAS MATAMORO ROSSI

FINIS

Cicerón/ Textos - 2

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De officiis

LIBRO I

Capítulo XVI
Principios de la sociedad y primera obligación de ella

La sociedad y obligación de los hombres sería perfectamente guardada si aplicáremos perfectamente nuestra generosidad a aquellos con quienes más estrechamente estamos unidos. Pero se ha de tomar más de su origen la doctrina de los principios fundamentales de la vida sociable. El primero es aquel que forma con tan estrecho vínculo la sociedad universal del género humano, y consiste en la razón y el habla, que enseñando, aprendiendo, comunicando, disputando y juzgando, concilia los hombres entre sí y los une en una sociedad natural. Y por ninguna otra prerrogativa se eleva más nuestra naturaleza sobre la de los demás animales; en los que muchas veces decimos que se halla fortaleza, como en los caballos, en los leones; pero no equidad, justicia o bondad, porque están privados de la razón y del habla. Esta es la sociedad tan dilatada que abraza todo el género humano, en que deben ser comunes todas aquellas cosas que crió la naturaleza para el uso común: de suerte que en orden a la separación de ellas tengan las leyes civiles su vigor y efecto en las posesiones particulares; y en lo demás se observe puntualmente aquel adagio griego1 en que se dice: Los bienes de los amigos son comunes. Por los cuales bienes se entienden aquellos que pueden reducirse a los que comprendió Enio en este ejemplo, que puede aplicarse a todos los semejantes:

El que enseña el camino al que va errado,
Luz en su luz le enciende, y a él le alumbra
Lo propio habiéndola comunicado.

Por este solo ejemplo se percibe bien que todo cuanto podamos comunicar sin detrimento nuestro, debemos darlo aun al que no conocemos: de donde nacen aquellas obligaciones comunes de no estorbar el uso del agua corriente, permitir tomar lumbre de la nuestra a quien la quiera, dar buen consejo a quien le haya menester; cosas que ceden en provecho de quien las recibe, y al que las da no le cuestan nada. Y así conviene que sea libre y universal el uso de ellas, y contribuir siempre con algo de nuestra parte a la utilidad común. Mas puesto que las facultades de los particulares son limitadas y el número de los necesitados casi infinito, para poder ser bienhechores de los nuestros se ha de arreglar la liberalidad ordinaria a aquel fin de Enio: Y a él le alumbra lo propio habiéndola comunicado.

1 Este proverbio le atribuye Plutarco a Diógenes. En el nombre de amigos quiere que se entiendan todos los buenos, en aquel opúsculo en que afirma que, según los principios de Epicuro, no se puede vivir suavemente.


Capítulo XXV
Reglas que han de observar los que gobiernan y los que administran justicia

Los que se destinan al gobierno del Estado, tengan muy presentes siempre estas dos máximas de Platón: La primera, que han de mirar de tal manera por el bien de los ciudadanos, que refieran a este fin todas sus acciones, olvidándose de sus propias conveniencias; la segunda, que su cuidado y vigilancia se extienda a todo el cuerpo de la república; no sea que por mostrarse celosos con una parte desamparen las demás. Los negocios e intereses de un Estado se pueden comparar con la tutela, la cual se ha de administrar con atención al provecho de los que se entreguen a ella, y no de aquellos a quienes se ha encomendado. Porque los que se desvelan por una parte de los ciudadanos, y descuidan de otra, introducen un perjuicio, el más notable en el gobierno, que es la sedición y discordia; de donde nace que tomen unos el partido del pueblo, otros el de la nobleza, y muy pocos el del común. Esta ha sido la causa de gravísimas discordias en Atenas, y la que ha producido en nuestra república no sólo sediciones, sino también muy perniciosas guerras civiles: todo lo cual debe huir y abominar el varón prudente y magnánimo, digno de manejar las riendas del gobierno; y manteniéndose libre de ambición de riquezas y poderío, se entregará todo a la república, mirando por ella de manera que se extienda y alcance a todos su cuidado. Tampoco deberá exponer a nadie al odio y a la envidia de los demás con falsas recriminaciones; y constante siempre en la honestidad y justicia, muera por conservarlas sin temor de la envidia, antes que abandonar estas cosas que acabo de decir. Nada hay más digno de compasión y lástima que el ambicioso empeño por los honores; acerca de lo cual dijo muy bien el mismo Platón: "Que los que disputan entre sí sobre quién ha de gobernar la república, son semejantes a unos marineros que altercasen sobre quién había de llevar el timón de la nave."  Mas también enseña el mismo Platón que se juzgue por enemigos de la patria a los que toman las armas contra ella, pero no a los que pretenden que prevalezca su dictamen en las materias de gobierno: cual fue la oposición entre P. Africano y Q. Metelo, que nunca pasó a la voluntad.
      No se ha de dar oídos a los que sean de parecer que debemos mostrar grave enojo con nuestros enemigos, y esto lo juzguen propio de un fuerte y magnánimo varón. Pues no hay prenda que merezca más elogios, ni más digna de un hombre ilustre y generoso, que la piedad y clemencia. En aquellos pueblos libres donde son iguales los derechos de los ciudadanos, es menester afabilidad y también superioridad de ánimo; no sea que por enfadarse con los que llegan intempestivamente, o preguntan y suplican con poca discreción, se caiga en una odiosa e impertinente ridiculez, que nunca aprovecha, antes bien acarrea el odio de todos. Mas esta mansedumbre y clemencia se ha de moderar de modo que por razón del empleo se mantenga severidad, sin la cual no se puede absolutamente gobernar. Se ha de castigar y corregir sin insultar a nadie, y todas las reprensiones y castigos se han de referir a la utilidad e interés no propio sino del común. También hemos de precaver que el castigo no sea mayor que el delito cometido, y que no padezca uno por una culpa por la que a otro ni aun se ha mandado comparecer a dar su descargo. Mas sobre todo que no tenga parte alguna la cólera en nuestras providencias. Porque es imposible que el que no llega a castigar desnudo de este afecto, mantenga aquella rectitud y medio entre mucho y poco, que tanto agrada a los peripatéticos, y con muchísima razón, si a un mismo tiempo no alabaran la iracundia, diciendo que es un don útil de la naturaleza.1 Antes se debe apartar esta pasión lejos de nosotros en todos asuntos, y desear que los que gobiernan sean semejantes a las leyes que castigan no por irritadas, sino por justas y equitativas.

Traducción y notas de Juan Bautista Calvo


1 Decían los peripatéticos que la iracundia y las demás pasiones nos eran dadas por la naturaleza, y que por esto no las habíamos de arrancar de nosotros, sino moderarlas. Los estoicos creían que las tomábamos por opinión, y que así las debíamos dejar enteramente. Lo mismo que los peripatéticos sentían de la iracundia los antiguos académicos.

Cicerón/ Textos - 1

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Vidas paralelas
Fragmento de Demóstenes - Cicerón

I.- Dícese de la madre de Cicerón, Helvia, haber sido de buena familia y de recomendable conducta; pero en cuanto al padre todo es extremos: porque unos dicen que nació y se crió en un lavadero, y otros refieren el origen de su linaje a Tulio Acio, que reinó gloriosamente sobre los Volscos.

      El primero de la familia que se llamó Cicerón parece que fue persona digna de memoria, y que por esta razón sus descendientes, no sólo no dejaron este sobrenombre, sino que más bien se mostraron ufanos con él, aunque para muchos era objeto de sarcasmos; porque los latinos al garbanzo le llaman cicer, y aquel tuvo en la punta de la nariz una verruga aplastada, a manera de garbanzo, que fue de donde tomó la denominación, y de este Cicerón cuya vida escribimos ha quedado memoria de que proponiéndole sus amigos, luego que se presentó a pedir magistraturas y tomó parte en el gobierno, que se quitara y mudara aquel nombre, les respondió con jactancia que él se esforzaría en hacer más ilustre el nombre de Cicerón que los Escauros y Cátulos. Siendo cuestor en Sicilia, hizo a los dioses una ofrenda de plata, en la que inscribió sus dos primeros nombres, Marco y Tulio, y en lugar del tercero dispuso por una especie de juego que el artífice grabara al lado de las letras un garbanzo. Y esto es lo que hay escrito acerca del nombre.

      II.- Dicen que nació Cicerón, habiéndole dado a luz su madre sin trabajo y sin dolores, el día 3 de enero, en el que ahora los magistrados hacen plegarias y sacrificios por el emperador. Parece que su nodriza tuvo una visión, en la que se le anunció que criaba un gran bien para todos los romanos. Esto, que comúnmente debe ser tenido por delirio y por quimera, hizo ver Cicerón bien pronto que había sido una verdadera profecía: porque llegado a la edad en que se empieza a aprender, sobresalió ya por su ingenio, y adquirió nombre y fama entre sus iguales, tanto, que los padres de éstos iban a las escuelas deseosos de conocer de vista a Cicerón, y hacían conversación de su admirable prontitud y capacidad para las letras; y los menos ilustrados reprendían con enfado a sus hijos, viendo que en los paseos llevaban por honor a Cicerón en medio. No obstante tener un talento amante de las artes y las ciencias, cual lo deseaba Platón, propio para abrazar toda doctrina y no reprobar ninguna especie de erudición, se precipitó con mayor ansia a la poesía; y se ha conservado un poemita de cuando era muchacho, titulado Poncio Glauco, hecho en versos tetrámetros.

      Adelantando en tiempo, y dedicándose con más ardor a esta clase de estudios, fue ya tenido, no sólo por el mejor orador sino también por el mejor poeta de los romanos. Su gloria y su fama en la elocuencia permanece hasta hoy, a pesar de las grandes mudanzas que ha sufrido el lenguaje; pero la fama poética, habiendo sobrevenido después muchos y grandes ingenios, ha quedado del todo olvidada y oscurecida…

Catilinarias
ORATIO PRIMA
HABITA IN SENATU

Pronunciada el 6 de noviembre ante el Senado convocado en el templo de Júpiter "Stator". Asiste Catilina, inesperadamente para Cicerón; éste le ataca con la siguiente oración, llamada, por carecer de exordio, invectiva:

      I.- Quo usque tandem abutere, Catilina, patientia nostra? quam diu etiam furor iste tuus nos eludet? quem ad finem sese effrenata iactabit audacia? nihilne te nocturnum praesidium Palatii, nihil urbis vigiliae, nihil timor populi, nihil concursus bonorum omnium, nihil hic munitissimus habendi senatus locus, nihil horum ora vultusque moverunt? patere tua consilia non sentis, constrictam iam horum omnium scientia teneri coniurationem tuam non vides? quid proxima, quid superiore nocte egeris, ubi fueris, quos convocaveris, quid consilii ceperis, quem nostrum ignorare arbitraris? O tempora, o mores! senatus haec intellegit, consul videt; hic tamen vivit. Vivit? immo vero etiam in senatum venit, fit publici consilii particeps, notat et designat oculis ad caedem unum quemque nostrum. Nos autem fortes viri satisfacere rei publicae videmur, si istius furorem ac tela vitemus...


Catilinarias
PRIMER DISCURSO

      I.- ¿Hasta cuándo, di, Catilina, vas a abusar de nuestra paciencia?, ¿cuánto tiempo aún seremos juguetes de tu furor?, ¿a qué límite llegará en su desenfreno tu audacia? ¿Es que nada te ha desconcertado la guardia nocturna en el Palatino, ni las patrullas en la ciudad, ni el espanto del pueblo, ni la afluencia de todos los hombres de bien, ni éste tan defendido lugar donde el Senado se reúne, ni el rostro y la mirada de los senadores? ¿No adviertes que tus designios están descubiertos, no ves que tu conjuración, pues todos éstos la conocen, está ya aplastada? Lo que hiciste anoche y la noche anterior, dónde estuviste, a quiénes reuniste, qué determinación tomaste, ¿quien de nosotros crees que lo ignora? ¡Oh tiempos, oh costumbres! El Senado conoce todo esto, el cónsul lo ve ¡y éste vive! ¿Vive, digo? Aún más, se presenta en el Senado, participa en las deliberaciones públicas, señala y envía con su gesto a la muerte a cada uno de nosotros. Pero nosotros, los hombres esforzados, creemos cumplir nuestro deber de ciudadanos si nos resguardamos de su furor y de sus armas...

Traducción literaria (no literal) de Francisco Campos Rodríguez


Filípica Primera contra Marco Antonio

      I.- Antes de exponer, padres conscriptos, lo que creo debo decir de la República en la ocasión presente, explicaré con brevedad los motivos de mi partida y de mi regreso. Creyendo que al fin volvía a entrar la República bajo vuestra dirección y gobierno, decidido estaba a permanecer aquí, atento a los negocios públicos como consular y senador, y en verdad ni me alejé un paso ni aparté los ojos de la República desde el día en que fuimos convocados en el templo de la diosa Telus1. En dicho templo, y en cuanto de mi parte estuvo, eché los fundamentos de la paz, renovando el antiguo ejemplo de los atenienses2 y empleando la misma palabra que usaron entonces los griegos para pacificar sus disensiones. Mi dictamen fue que se debía borrar con eterno olvido todas las pasadas discordias.
      Admirable fue entonces el discurso que pronunció M. Antonio, quien no mostró menos buena voluntad, confirmándose al fin por su intervención y la de sus hijos con los principales ciudadanos. A estos principios ajustaba los demás actos, y a las reuniones que se celebraban en su casa para tratar de los negocios de la República eran citados los más autorizados personajes. Traía a este orden senatorial proposiciones muy buenas; seria y dignamente respondía a cuanto se le preguntaba, y en los registros de César no se encontraba más que lo que todo el mundo sabía.3 ¿Hay en ellos, se le preguntaba, algunos desterrados restituidos a la patria? Uno solamente4, respondía. ¿Hay algunos privilegios concedidos? Ninguno, respondía. Hasta quiso que asintiéramos al deseo del preclaro Servio Sulpicio, quien proponía que después de los idus de marzo no se publicara ningún decreto o gracia de César.
      Prescindo de otras muchas y excelentes cosas para llegar pronto a referir el hecho más singular de M. Antonio. Abolió por completo en la República el cargo de dictador, que ya tenía índole de poder regio, sobre lo cual ni siquiera dimos dictamen. Trajo escrito el senatus consultus que quería se promulgase, y, leído, todos con el mayor gusto nos conformamos con él, acordando el Senado darle las gracias en los términos más honrosos.

      II.- Al parecer, amanecía nuevo día. No sólo era desterrada la tiranía que nos había sojuzgado, sino también el temor de volver a ella. Al abolir el cargo de dictador, daba M. Antonio a la República la mejor prueba de querer la libertad de Roma, y suprimiendo la dictadura, que en algunos casos fue legítima y conveniente, quitaba el miedo de que se reprodujese con carácter de perpetuidad.
      Pocos días después se libró el Senado de ser pasado a cuchillo, siendo arrastrado con el garfio el fugitivo que se había apropiado el nombre de C. Mario5. En todas estas cosas obró Antonio de acuerdo con su colega Dolabela. Otras hizo éste en las que creo que le hubiera acompañado Antonio a no estar ausente; porque como los desórdenes fueran cada día en aumento, quemando en el Foro imágenes de César los mismos que habían hecho allí aquella sepultura vacía o sin cadáver, y con los desórdenes aumentaran también las amenazas de los perdidos y de esclavos tan malos como ellos, a las casas y los templos, fue tal el castigo que aplicó Dolabela, tanto a los osados y perversos esclavos como a los impuros y malvados ciudadanos, y tal su energía al derribar aquella execrable columna6, que admiro cuán distintos son los tiempos posteriores a aquel día.
      En efecto, en las kalendas de junio, para las cuales nos convocó Antonio por un edicto, todo había cambiado. Nada se hacía por medio del Senado, y muchos e importantes asuntos los resolvía él solo, sin contar con el pueblo y aun contra su voluntad. Los cónsules electos negábanse a acudir al Senado. Los salvadores de la patria no estaban en aquella ciudad que habían libertado del yugo de la servidumbre, aunque los mismos cónsules en todas las asambleas del pueblo y en todas las conversaciones los alababan. A los llamados veteranos, atendidos por este orden senatorial con el mayor cuidado, se les excitaba, no a conservar lo que ya tenían, sino a esperar nuevo botín. Prefiriendo oír a ver tales desórdenes y teniendo facultad para ir de legado a donde quisiese7, me marché con propósito de estar aquí en las kalendas de enero, que era la fecha en que, al parecer, debía reunirse el Senado...
Traducción y notas de Juan Bautista Calvo

Marco Tulio Cicerón

1 Antonio prefirió este templo, que estaba inmediato a su casa, a la sala del Senado, situada debajo del Capitolio, donde se refugiaron los matadores de César.
2  Alude a la ley de Trasibulo para que se olvidasen las pasadas discordias de Atenas.
3 A la muerte de César se apoderó Marco Antonio de sus registros y papeles y de ellos sacaba, con el título de Actas de César, cuantos decretos le convenían.
4 Este era Sexto Clodio, desterrado por incendiar el Senado cuando quemó en la plaza pública el cadáver de Publio Clodio.
5 Era éste un impostor que se suponía hijo de C. Mario y que se señaló en los funerales de César, de quien aseguraba ser pariente, incitando a la plebe al motín y amenazando exterminar el Senado. Llamábase uncus un palo que terminaba en un hierro encorvado con el cual se arrastraba a los criminales para arrojarlos al Tíber.
6 Las turbas habían levantado en el Foro en honor de César una gruesa columna de veinte pies de altura con la inscripción "Al padre de la patria". Allí se reunían diariamente, hacían sacrificios y colgaban imágenes de César, que después quemaban, corriendo furiosos por las calles y cometiendo mil violencias. Dolabela hizo demoler la columna y castigó severamente a los principales promotores de tales alborotos.
7 La legación concedida a Cicerón no era para objeto determinado, y podía ejercerla en cualquier provincia. A los agraciados con estas legaciones se les daban dos lictores para que pudieran terminar con seguridad sus asuntos propios.

Cicerón/y 10

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[...] A la tragedia sigue una cruenta pieza satírica. De la urgencia con la que Antonio ha ordenado esa muerte, los asesinos deducen que esa cabeza ha de tener un extraordinario valor. Naturalmente no sospechan su valía en el contexto espiritual del mundo y de la posteridad, pero sí la importancia que tiene para quien ha ordenado ese acto sangriento. Para que no les disputen el premio, deciden llevarle a Antonio en persona la cabeza como prueba elocuente de que sus órdenes se han cumplido. De modo que el jefe de los criminales le corta al cadáver la cabeza y las manos, las mete en un saco y, cargando a la espalda ese fardo del que aún gotea la sangre, corre lo más deprisa posible en dirección a Roma, para alegrar al dictador con la noticia de que el mejor defensor de la república romana ha sido eliminado por el procedimiento habitual. Y el criminal menor, el jefe de los asesinos, ha calculado bien. El gran criminal, que ha ordenado el asesinato, transforma su alegría por el crimen cometido en moneda, dando una recompensa digna de un príncipe. Ahora que ha mandado saquear y asesinar a los dos mil hombres más ricos de Italia, Antonio puede por fin mostrarse generoso. Por el sanguinolento saco que contiene las manos cortadas y la ultrajada cabeza de Cicerón paga al centurión un brillante millón de sestercios. Pero con ello su venganza aún no se ha enfriado, de modo que el odio estúpido de este hombre ávido de sangre maquina aún una especial ignominia para el muerto, sin darse cuenta de que con ella él mismo se verá envilecido por todos los tiempos. Antonio ordena que la cabeza y las manos sean clavadas en la tribuna desde la que Cicerón incitara al pueblo contra él para defender la libertad de Roma. Un espectáculo deshonroso espera al día siguiente al pueblo romano. En la tribuna de los oradores, la misma desde la que Cicerón pronunciara sus inmortales discursos, cuelga descolorida la cabeza cortada del último defensor de la libertad. Un imponente clavo oxidado atraviesa la frente, los miles de pensamientos. Lívidos y con un rictus de amargura, se entumecen los labios que formularon de modo más bello que los de ningún otro las metálicas palabras de la lengua latina. Cerrados, los azulados párpados cubren los ojos que durante sesenta años velaron por la república. Impotentes, se abren las manos que escribieron las más espléndidas cartas de la época. Pero con todo, ninguna acusación formulada por el grandioso orador desde esa tribuna contra la brutalidad, contra el delirio de poder, contra la ilegalidad, habla de modo tan elocuente en contra de la eterna injusticia de la violencia como esa cabeza muda de un hombre asesinado. Receloso, el pueblo se aglomera en torno a la profanada rostra. Abatido, avergonzado, vuelve a apartarse. Nadie se atreve -¡es una dictadura!- a expresar una sola réplica, pero un espasmo les oprime el corazón. Y consternados, bajan los ojos ante esa trágica alegoría de su república crucificada.
Traducción de Berta Vias Mahou

STEFAN ZWEIG

Cicerón/9

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[...] Desde el momento en que Cicerón se entera del acuerdo alcanzado entre estos tres hombres, hasta entonces enemigos jurados, es consciente de que está perdido. Sabe muy bien que al filibustero de Antonio, al que Shakespeare ennoblecería sin motivo elevándolo al plano del espíritu, lo ha marcado demasiado dolorosamente con el hierro candente de la palabra, al adjudicarle los bajos instintos de la codicia, la vanidad, la crueldad y la falta de escrúpulos, como para que de ese hombre brutal y violento le quepa esperar la generosidad de César. Lo único lógico, en el caso de que quisiera salvar su vida, sería una rápida huida. Cicerón tendría que haberse trasladado a Grecia, con Bruto, con Casio, con Catón, al último campamento de la libertad republicana. Allí al menos se habría puesto a salvo de los asesinos que ya han sido enviados. Y de hecho dos, tres veces, el proscrito parece decidido a huir. Lo prepara todo, informa a sus amigos, se embarca, se pone en camino, pero en el último momento se detiene. Quien ha conocido ya la desesperación del exilio, experimenta incluso en el riesgo la voloptuosidad del suelo patrio y la indignidad de una vida en huida constante. Una voluntad misteriosa, más allá de la razón e incluso en contra de ella, le obliga a encarar el destino que le espera. Este hombre cansado, a su existencia ya concluida sólo le pide un par de días de descanso. Poder reflexionar un poco en calma, escribir un par de cartas, leer un par de libros. Y que después venga aquello para lo que esté predestinado. Durante esos últimos meses, Cicerón se oculta tan pronto en una de sus fincas, tan pronto en otra, partiendo una vez más, en cuanto amenaza el peligro, pero sin escapar nunca por completo. Como cambia de almohada un enfermo con fiebre, cambia él esos semiescondites, sin estar del todo resuelto a hacer frente a su destino, pero tampoco a evitarlo, como si, con esa disposición a morir, inconscientemente quisiera cumplir con la máxima que formulara en su tratado De senectute, según la cual un hombre viejo no tiene derecho a buscar la muerte ni a aplazarla. Venga cuando venga, hay que recibirla con resignación. Neque turpis mors forti viro potest accedere. Para las almas fuertes no hay muerte ignominiosa.
      Y así, Cicerón, que se había puesto ya en camino hacia Sicilia, ordena de pronto a sus gentes que de nuevo pongan rumbo hacia la hostil Italia y tomen puerto en Caieta, la actual Gaeta, donde posee una pequeña finca. Ha sucumbido al cansancio, un cansancio que no es simplemente de los miembros, de los nervios, sino un cansancio ante la vida y una misteriosa nostalgia por el final, por la tierra. Sólo quiere descansar una vez más. Respirar una vez más el dulce aire de la patria y despedirse. Despedirse del mundo, pero reposar y descansar, aunque sólo sea un día o una hora.
      Respetuoso, saluda, en cuanto toma puerto, a los lares de la casa, los espíritus protectores. El hombre de sesenta y cuatro años está agotado. El viaje por mar le ha dejado exhausto, de modo que se echa en el cubiculum, en el dormitorio o mejor dicho en la cámara funeraria, y cierra los ojos, para por anticipado disfrutar durante el ligero sueño del placer del eterno descanso. Pero apenas se ha acostado, cuando atropelladamente entra un esclavo de confianza. En las proximidades hay unos hombres armados, que resultan sospechosos. Un empleado de su casa, al que durante toda su vida ha dado pruebas de amistad, ha revelado su llegada a los asesinos para cobrar la recompensa. Tiene que huir, huir de inmediato. Una litera está preparada. Y ellos mismos, los esclavos de la casa, quieren armarse y defenderse durante el corto trayecto hasta el barco, donde estará a salvo. El anciano, extenuado, se niega. "¿Para qué? -dice-. Estoy cansado de huir y cansado de vivir. Dejadme morir en esta tierra, a la que yo he salvado." Por fin el viejo sirviente de confianza le convence. Dando un rodeo a través de un pequeño bosquecillo, los esclavos armados llevan la litera hasta el barco salvador.
      Pero el hombre que en su propia casa le ha traicionado no quiere quedarse sin su vergonzoso dinero. A toda prisa, reúne a un centurión, un capitán y un par de hombres armados. Todos ellos corren tras la comitiva a través del bosque y aún les da tiempo a alcanzar la presa. Al instante, los sirvientes se agrupan en torno a la litera y se disponen a luchar, pero Cicerón les ordena que lo dejen. Su vida está acabada, ¿para qué sacrificar otras ajenas, más jóvenes? En el último momento, este hombre siempre vacilante, siempre indeciso y sólo en ocasiones valiente pierde por completo el miedo. Siente que sólo puede acreditarse como romano en esta su última prueba si -sapientissimus quisque aequissimo animo moritur- encara la muerte con dignidad. Por orden suya, los criados se apartan. Desarmado y sin ofrecer resistencia, brinda a los asesinos su anciana cabeza con estas grandiosas y sabias palabras: "Non ignoravi me mortalem genius". Siempre he sabido que soy mortal. Pero los asesinos no quieren filosofía, sólo su paga. Y no lo dudan mucho. De un fuerte golpe, el centurión derriba al hombre indefenso. Así muere Marco Tulio Cicerón, el último defensor de la libertad de Roma. Mostrándose en su última hora más heroico, más viril y más decidido que en otras miles y miles durante toda su vida. [...]
Traducción de Berta Vias Mahou

STEFAN ZWEIG

Continuará...