Hipias, hijo y sucesor del tirano Pisístrato, es derrocado con la ayuda de Esparta, siendo elegido para ocupar el máximo cargo político Clístenes, quien desde entonces es considerado padre de la democracia griega, es decir, de la Democracia. Procedente de una familia aristocrática, los Acmeónidas, Clístenes lleva a cabo una serie de reformas encaminadas a evitar la reaparición tanto de la tiranía como del régimen aristocrático. Reestructura las demarcaciones territoriales, las demos, divide el poder legislativo entre las diez tribus y establece la igualdad jurídica de todos los ciudadanos atenienses, independientemente de su condición económica o su origen. Otorga mayor importancia a aquellas instituciones de gobierno en las que participa un mayor número de ciudadanos: la Ekklesia (o Ecclesía) y la Bulé, formada por quinientos ciudadanos elegidos por sorteo que participan en las decisiones de gobierno.
A propósito de la condena de Arístides , cuenta Plutarco en sus Vidas Paralelas (Arístides, VII) la siguiente historia: Se estaba produciendo una votación en el Cerámico cuando un hombre del campo, que no sabía escribir (la inmensa mayoría de la población era analfabeta), le alcanzó un ostracón a Arístides, que casualmente estaba a su lado, y le encargó que escribiese "Arístides", y como éste se sorprendiese y le preguntase si le había hecho algún agravio, el buen hombre respondió: Ninguno, ni siquiera le conozco, pero ya estoy fastidiado de oír continuamente que le llaman "El Justo". Oído esto, Arístides escribió inmediatamente su nombre en la concha y se la devolvió al campesino... En el 480 a.C. regresó de su exilio en Egina al amparo de una amnistía general y participó en la batalla de Salamina.
El filósofo Aristóteles, por quien se sabe que también otros gobiernos democráticos, como los de Argos, Megara o Mileto, practicaban el ostracismo, justifica este tipo de medidas: Un punto igualmente importante en la democracia y en la oligarquía, en una palabra, en todo gobierno, es cuidar de que no surja en el Estado alguna superioridad desproporcionada... Porque el poder es corruptor y no todos los hombres son capaces de mantenerse puros en medio de la prosperidad... Es, sobre todo, por medio de las leyes como conviene evitar la formación de estas personalidades temibles, que se apoyan ya en la gran riqueza, ya en las fuerzas de un partido numeroso. Cuando no se ha podido impedir su formación, es preciso trabajar para que vayan a probar sus fuerzas al extranjero...Si en este pobre país nuestro se implantase ahora mismo -y tal vez fuera conveniente- el ostracismo, nos íbamos a quedar más solos que la una.
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En La Guerra del Peloponeso, Tucidides pone en boca de Pericles esta reflexión, dentro del Discurso Fúnebre:

Nuestro régimen político es la democracia, y se llama así porque busca la utilidad del mayor número y no la ventaja de algunos. Todos somos iguales ante la ley, y cuando la república otorga honores lo hace para recompensar virtudes y no para consagrar el privilegio. Todos somos llamados a exponer nuestras opiniones sobre los asuntos públicos. Nuestra ciudad se halla abierta a todos los hombres; ninguna ley prohíbe en ella la entrada a los extranjeros, ni les priva de nuestras instituciones ni de nuestros espectáculos; nada hay en Atenas oculto, y se permite a todos que vean y aprendan en ella lo que bien les pareciere, sin esconderle ni aquellas cosas cuyo conocimiento pueden aprovechar nuestros enemigos, porque confiamos para vencer no en preparativos misteriosos, ni en ardides y estratagemas, sino en nuestro valor y en nuestra inteligencia. Tenemos el gusto de lo bello y cultivamos la filosofía, sin que eso debilite nuestro carácter. Si poseemos riquezas no es para guardarlas ociosas ni para envanecernos de su posesión, sino para emplearlas productivamente. Para nadie es vergonzoso entre nosotros confesar que es pobre; lo que sí es vergonzoso es no tratar de salir de la pobreza por medio del trabajo. Todos los ciudadanos, incluso los que se dedican a trabajos manuales, toman parte en la vida pública; y si hay alguno que se desinteresa de ella se le considera como hombre inútil e indigno de toda consideración. Examinamos detenidamente los negocios públicos porque no creemos que el razonamiento perjudique a la acción; lo que sí creemos perjudicial para la patria es no instruirnos previamente por el estudio de lo que debemos ejecutar. Esto hace que tengamos al mismo tiempo inteligencia para razonar los actos que debemos ejecutar y audacia para ejecutarlos, diferenciándonos así de los demás pueblos en que la ignorancia los vuelve audaces y la razón inactivos.



