¿Por qué el Estado Islámico destruiría la Alhambra?

Author: Juan Nadie /

La historia nos enseña que la relación que tiene el islam con las imágenes, aun hoy, es tan paradójica y controvertida como lo era la del cristianismo de la época en la que precisamente emergió el islam. Puede que hoy ésta sea la religión anicónica por excelencia entre los grandes monoteísmos, pero comparte el debate de la aversión por las imágenes con las otras dos grandes religiones del libro. Es revelador pensar, cuando contemplamos la enorme belleza de las figuraciones de la Sala de los Reyes de la Alhambra de Granada o las miniaturas de los manuscritos persas, que pueda existir una deriva tan exacerbada del iconoclasmo islámico en nuestros días como la que revelan las tremendas escenas de la voladura de los budas de Bamiyán por los talibanes o la destrucción por parte del Estado Islámico de Palmira. Eso suscita la pregunta de qué harían los seguidores más fanatizados de estos movimientos con el que seguramente sea el epítome de la excelencia en la historia del arte islámico figurativo, la Alhambra de Granada. Al hilo de esa cuestión se me antoja fundamental trazar una reflexión histórica sobre el iconoclasmo cristiano y el islámico.

La preeminencia del mensaje profético del islam hizo que la escritura primara como motivo decorativo en el arte y vetó la representación de sujetos figurativos, humanos o animales, como algo tendente a la idolatría. Pese a que los motivos escriturales, geométricos, vegetales o abstractos son mayoría en el arte islámico, también se puede hallar pintura en lugares como el palacio omeya de Qusayr 'Amra (Jordania), las ruinas de Samarra o en al-Andalus (no sólo en la Alhambra, sino también los animales del Palacio de Medina Azahara o el cervatillo del Museo Arqueológico de Córdoba), en sociedades caracterizadas por un mundo de fronteras permeables. Así sucedía en el Oriente con el contacto con el mundo bizantino, desde tiempos del emperador Heraclio, vencedor de los persas y restaurador de la Vera Cruz, el que primero probó la derrota ante la pujanza árabe, que habría de despojar al Imperio de Egipto y todo el rico oriente sirio-palestino. Bizancio, que vio el surgimiento del islam, aportó un enriquecedor contacto que duró muchos siglos y del que hay manifestaciones literarias tan notables como la epopeya de Digenís Akritas. Desde ahí se puede rastrear la figuración, por ejemplo, en el islam chiita, o en la iconografía del Egipto fatimí, que bebió de fuentes bizantinas. Por no hablar de la iluminación de manuscritos árabes o persas, que trasladaban el saber científico o médico helénico: Aristóteles o el corpus hippocraticum.

Lo que el islam está viviendo ahora puede ser comparado con el iconoclasmo bizantino, que duró un siglo de disputas teológicas, derramamiento de sangre y destrucción de obras de arte. En el trasfondo está la idea de rigorismo espiritual que, como estudia la sociología de las religiones, se basa en una desviación sectaria de la religión de los padres que pretende regresar a los supuestos orígenes de una creencia para demostrar que uno es más puro que los demás practicantes de la misma, rechazando, en este caso, el uso de imágenes como idolatría pagana. Hay que decir que el gran éxito del cristianismo se basó en su asimilación de elementos icónicos del paganismo grecorromano, como se ve en la adopción de iconografía dionisíaca o a través del culto de los santos y la Virgen María. El iconoclasmo que se genera a partir del siglo VII tiene que ver con una idea de la vuelta a los orígenes anicónicos del cristianismo que representaban pasajes bíblicos, como Éxodo 20.4 o diversos testimonios de los Padres de la Iglesia. Pero hay que pensar en un contexto en que se ponía en común un supuesto rechazo de los primeros cristianos y otro contemporáneo de los primeros musulmanes a la representación icónica de lo divino. Fue León III el que inició una prohibición, que se extendería entre 726-87 y 815-43, y que conllevó destrucciones masivas de iconos mientras sólo la cruz prevalecía como elemento decorativo. El debate se puede relacionar con el éxito arrollador del islam -León III combatió con denuedo a los árabes-, pero también con una lucha del poder frente al de la Iglesia.

Si la frontera oriental daba tantos frutos culturales en la interacción entre musulmanes y cristianos, la occidental, en la rica sociedad andalusí, no iría a la zaga. No entraremos en el elemento hebreo, presente en ambos extremos del temprano medievo islámico, pero en Occidente cabe pensar en las mil maravillas de la España árabe y en la enorme operación de transferencia cultural del legado clásico a través de las traducciones, la filosofía o la medicina. El grado de civilización que dio el islam en al-Ándalus para la historia de la ciencia, de las artes y la cultura en general contrasta tristemente con la deriva fundamentalista que esta religión del libro ha experimentado desde finales del siglo XX. Como la frontera bizantina, la hispánica produjo monumentos culturales inolvidables y en ambas sociedades se produjo una enriquecedora interacción de doble vía que se ve en la primera traducción del Corán al griego bizantino o en el paso de la fabulística oriental a las literaturas europeas. Piénsese también que, en el siglo X, las dos grandes urbes de Europa no estaban en su centro, sino en los extremos, Constantinopla y Córdoba, que en población, tecnología y cultura no tenían parangón en todo el continente. Cabe evocar así un interesante paralelo entre el brillo de la historia andalusí y la del Imperio romano de Oriente, en su vida prolongada a través de la Edad Media hasta los albores de la moderna, y es curioso pensar cómo Bizancio experimentó los vaivenes de una espiritualidad que renegaba de las imágenes y las destruía de forma furibunda.

Pero una cosa es el aniconismo abstracto y otra un iconoclasmo exacerbado con las manifestaciones artísticas de otras culturas, anteriores o contemporáneas, o de algunas tradiciones de la propia, concebidas como decadentes ante la pureza que simboliza la secta rigorista de cada momento. Hoy, el iconoclasmo islámico nos sorprende por su virulencia contra monumentos patrimonio de la humanidad como los de Palmira y la antigua Asiria. Sin embargo, no hay que olvidar su faceta puramente criminal pues, como cualquier otro terrorismo fundamentalista, al final éste también se muestra independiente de motivaciones espirituales o políticas, y se puede reducir a un afán de lucro económico y piratería internacional. Esto queda demostrado al trascender la millonaria fortuna amasada por el Estado Islámico a partir de la venta en el mercado negro de piezas de arte antiguo expoliadas de sus conquistas. Es decir, que de cara al mundo islámico se erigen en puristas y destructores de un arte idólatra pero, por otro lado, se lucran secreta e ilícitamente gracias al contrabando de piezas arqueológicas que un Occidente sin escrúpulos no tiene reparos en adquirir. Igualmente, cabe recordar el trasfondo político y económico del largo conflicto iconoclasta en Bizancio: la pugna entre la iglesia diocesana de Oriente y, en concreto, el patriarcado de Constantinopla, bajo el influjo de la corte imperial, contra los poderosos monasterios, defensores de los iconos y poseedores de enormes recursos económicos, desempeñó un papel crucial en la controversia. Son paradojas que nos dicen mucho sobre las motivaciones de los autoproclamados defensores de una fe a lo largo de la historia.

DAVID HDEZ. DE LA FUENTE, profesor de Historia Antigua de la UNED. 
La Razón, 23-11-2015

Yihadismos

Author: Juan Nadie /

Yihad significa en árabe "combate", "esfuerzo", y es algo obligatorio para los musulmanes. Pero hay dos tipos de yihad: la interna y la externa. La yihad interna, al-yihad al-akbar o yihad al-nafs, es una lucha individual y espiritual en contra del vicio, la pasión y la ignorancia, un autodominio o esfuerzo personal para cumplir con el Islam. En ello ponen el acento los musulmanes moderados. La yihad externa, al-yihad al-asgar, exige tomar las armas para extender el Islam y defender a la comunidad islámica contra el ataque foráneo. Es la que se predica hoy en el mundo islámico y la que estamos sufriendo los occidentales, con toda su carga de odio y venganza (Occidente = "cruzados").
La yihad divide al mundo en dos territorios: el Dar al-Islam (morada del Islam), donde reina la ley islámica o sharia, y el Dar al-Harb (morada de guerra), donde estamos todos los no musulmanes.
La yihad externa se define como "guerra santa" en contra de los infieles. Para los sunnitas (el bloque más importante del Islam), la "guerra santa" es la única forma de guerra permitida para extender el Islam y combatir a los infieles de Dar al-Harb; en algunos países musulmanes se piensa que el mundo entero debe someterse a las reglas de la religión musulmana, aunque no se someta a su fe. Hasta que los infieles se conviertan al Islam o se vuelvan dimmíes tributarios, la yihad contra los no musulmanes es un deber para todo musulmán. El musulmán muyaidín (guerrero santo) que muere en la yihad se convierte automáticamente en sahid (mártir de la fe) y tiene reservado un lugar especial en el Paraíso, donde le está esperando un harén de vírgenes o huríes del Profeta... suponemos que aterrorizadas.

La doctrina de la yihad, como toda doctrina islámica, se basa en los hechos de Mahoma. Mahoma denominó muhadyirum (compañeros) a los primeros musulmanes de La Meca que huyeron con él a Yatrib (Medina). A estos discípulos se agregaron los conversos de las tribus árabes de Medina, a los que denominó ánsar (auxiliares o ayudantes); posteriormente, el resto de los árabes pactaron con Mahoma y se convirtieron al Islam; por último, se añadieron nuevos conversos de los pueblos no árabes, como judíos, cristianos, mazdeístas o zoroastristas, a los que acabaron denominando mawla (en plural mawali: clientes, dependientes, aliados). Toda Arabia se fue sometiendo paulatina y rápidamente, hasta que Mahoma consiguió conquistar su ciudad natal, La Meca, de donde había tenido que salir por pies. A partir de entonces, el mismo Mahoma inició la conquista de los territorios cercanos para hacerlos "tierra del Islam" y lanzó varias campañas contra las fronteras del Imperio Bizantino y contra los persas. A su muerte en 632, los sucesores (jalifa) continuaron su obra y durante los siglos VII y VIII siguieron difundiendo bélicamente el islamismo, de modo que para el año 650, tras rapidísimas incursiones militares, ya se había construido un Estado Islámico que abarcaba Arabia, el Creciente Fértil (Palestina, Israel, Líbano, Jordania), Siria, Iraq e Irán. A principios del siglo VIII el Islam dominaba un área que se extendía desde España hasta China y la India.
Las razzias o ataques aislados de las primeras etapas para conseguir botín se convirtieron pronto en auténticas invasiones, en las que imperios y naciones se fueron rindiendo al poder del novedoso fenómeno religioso, que no sólo fue eso, sino militar, político, económico y social. 

Los mahometanos llaman "asociadores" a los no musulmanes, pues su radical monoteísmo sostiene que el mayor pecado es asociar a Allah con cualquier otra cosa creada. Para el Islam existen dos tipos de infieles no musulmanes: el kafir (pagano) y el ahl al-kitab (los pueblos del Libro). La expresión "los pueblos del Libro" (la Biblia) se refería originariamente a judíos y cristianos, pero más adelante incluyó a otros grupos como los zoroástricos. Los "pueblos del Libro" sólo tenían que someterse a la autoridad política de los musulmanes para evitar la yihad, pudiendo conservar su propia fe. Eran los dimmíes o protegidos y debían pagar la yizya (impuesto por cabeza o persona). Sin embargo los paganos (kafirum o cafres), como los budistas o los hindúes, debían convertirse al Islam o ser ejecutados, aunque esta bestial práctica no solía aplicarse. Pero la peor situación de todas las posibles era y es la del renegado o apóstata del Islam: no hay vuelta atrás en el Islam.

La yihad, a veces, fue también defensiva, como un medio de proteger a las tierras musulmanas de las invasiones; es el caso de las Cruzadas de los cristianos en Tierra Santa durante la Edad Media.
Ciertos grupos islámicos como los imaníes y los bohra-ismailíes tienen prohibido participar en una yihad ofensiva; para estos grupos la única persona capaz de conducir legítimamente una yihad ofensiva es su imán. Sin embargo, se les permite participar en una yihad defensiva. 

El muyaidín, como guerrero santo, debe ir al combate como un mártir que va a entrar en el paraíso, aceptando la muerte propia como una inmolación o entrega a Dios para cumplir su voluntad. He aquí a los suicidas o sahid que padecemos últimamente.

En cuanto a la limpieza y cuidado del aspecto personal de los "mártires" se recurre a los hadices, conjunto de tradiciones y relatos de Mahoma que sirven al musulmán como ejemplo. La recopilación más apreciada de estas tradiciones es el sahih de al-Bukhari: Al Profeta (bendito y honrado sea) le gustaba dar prevalencia a la derecha como forma de pureza ritual; para bajar de la montura y para subir a ella. El propio Mahoma recomienda: Cuando visite las letrinas, que no se toque el pene con la mano derecha y que tampoco se limpie con esa mano... La fit'ra (exige) cinco (cosas): la circuncisión, la depilación del pubis, la depilación de las axilas, el corte de los bigotes y recortarse tanto los bigotes como las uñas.
Esta limpieza no debe ser sólo corporal, sino también mental. Mahoma exige pureza de intenciones, y que todo se haga en nombre del Islam y a mayor gloria y honra de Allah: ordena ejecutar al enemigo por detrás, con el cuchillo bien afilado y tapándole los ojos para que no sufra, pues se le ejecuta por Allah, no por odio o venganza. ¿Les suena esto?

Información histórica extraída de 'al-Ándalus. Los árabes en España', de José Luis Martínez Sanz